de Émile Michel Cioran
Señor, dame la facultad de no rezar jamás, líbrame de la insanía de toda adoración, aleja de mí esa tentación de amor que me entregaría para siempre a Ti. ¡Que el vacío se extienda entre mi corazón y el cielo! No deseo ver mis desiertos poblados con Tu presencia, mis noches tiranizadas con Tu luz, mis Siberias fundidas bajo Tu sol. Más solitario que Tú, quiero mis manos puras, a diferencia de las tuyas, que se ensuciaron para siempre al modelar la tierra y al mezclarse en los asuntos del mundo. No pido a Tu Estúpida Omnipotencia más que respeto para mi soledad y mis tormentos. No tengo nada que hacer con tus palabras; y temo la locura que me las haría escuchar. Dispénsame el milagro recoleto de antes del primer instante, la paz que Tú no pudiste tolerar y que te incitó a labrar una brecha en la nada para inaugurar esta feria de los tiempos, y para condenar así al universo, a la humillación y la vergüenza de existir.
Extraído de http://milanesaconpapas.blogspot.com
el blog de Gustavo Nielsen
(Gracias por esto morocha....)
martes, 10 de julio de 2007
Oración
de Émile Michel Cioran
Señor, dame la facultad de no rezar jamás, líbrame de la insanía de toda adoración, aleja de mí esa tentación de amor que me entregaría para siempre a Ti. ¡Que el vacío se extienda entre mi corazón y el cielo! No deseo ver mis desiertos poblados con Tu presencia, mis noches tiranizadas con Tu luz, mis Siberias fundidas bajo Tu sol. Más solitario que Tú, quiero mis manos puras, a diferencia de las tuyas, que se ensuciaron para siempre al modelar la tierra y al mezclarse en los asuntos del mundo. No pido a Tu Estúpida Omnipotencia más que respeto para mi soledad y mis tormentos. No tengo nada que hacer con tus palabras; y temo la locura que me las haría escuchar. Dispénsame el milagro recoleto de antes del primer instante, la paz que Tú no pudiste tolerar y que te incitó a labrar una brecha en la nada para inaugurar esta feria de los tiempos, y para condenar así al universo, a la humillación y la vergüenza de existir.
Extraído de http://milanesaconpapas.blogspot.com
el blog de Gustavo Nielsen
(Gracias por esto morocha....)
lunes, 9 de julio de 2007
lunes, 11 de junio de 2007
Las instituciones y el hambre
Por José Pablo Feinmann Hará unos días fui a un coloquio. Eran las 12.30 y ésa no es mi mejor hora. Había mucha gente y volví a insistir con la cuestión del hambre en el país. Estamos sentados sobre el hambre. Dormimos sobre el hambre. Y lo peor: comemos sobre el hambre. Y aún peor: nos acostumbramos al hambre. Es un paisaje cotidiano. Los guías de turismo llevan a los turistas a Puerto Madero y les muestran las torres. ¡Qué ciudad Buenos Aires! Busca el Cielo como lo buscó Nueva York. Las Torres arañan las alturas, los hambrientos arañan los basurales para encontrar algo para comer. Es indecente. Dije, entonces, en ese coloquio: “Si hay guita para los pobres, no me importan tanto las instituciones”. Era una frase densa, cargada de historicidad, ya lo veremos. Al día siguiente, una agencia de noticias dijo: “El filósofo kirchnerista José Pablo Feinmann dijo”. Y aquí: mi frase. Conozco todo tipo de filósofos. Hay filósofos tomistas. Hay filósofos kantianos o hegelianos. Hay filósofos marxistas, cada vez menos dados los tiempos de derecha o ultraderecha que vivimos. Hay filósofos fenomenólogicos. O sartreanos. O foucaultianos. O derrideanos. Hay apasionados de Wittgenstein. O de Heidegger, que es la barrera contra el marxismo. Pero, ¿filósofos kirchneristas? Seamos sinceros, lo que el cable quería decir era lo siguiente: yo era filósofo y, también, era políticamente kirchnerista. Cuánta pavada se escribe. ¿Por qué era yo “kirchnerista”? Porque había “atacado a las instituciones”. Todos sabemos que, desde el periodismo radial, o desde el periodismo escrito (algunos de cuyos representantes se han transformado en “mártires de la prensa libre” porque los echaron de alguna parte o en columnistas de un diario al que nunca habrían accedido si no escribieran notas que afirman que con Menem estábamos mejor o columnistas prestigiosos que se obstinan en la “defensa de la República”) se acusa a Kirchner de ser el maltratador o, sin más, el enemigo declarado de la República. Esta gente sabe lo que hace. Mienten porque no han defendido a la República. Esto no es hacer política con el pasado. Pero cada cual carga con su pasado. El pasado de un hombre es la suma de los actos que ha hecho. Esa es su facticidad: no puede negarla. El es lo que ha hecho. Ahora, en el presente, puede ser otra cosa porque es libre. Pero nadie puede borrar su pasado. Las tribunas desde las que se acusa a este gobierno de violar las instituciones de la República las han violado siempre. A Yrigoyen lo voltearon por “demagogo” y “enemigo de las instituciones”. A Perón ni hablar: era la negación del espíritu republicano. A Illia, porque era tan débil que hacía peligrar las instituciones. A Cámpora, porque lo apoyaba la izquierda revolucionaria que, en efecto, se desentendía de las instituciones porque eran expresión del poder burgués. Y a Isabel Perón porque no sabía gobernar la república, que corría el peligro de su destrucción material y moral. El golpe a Chávez se organizó así: defensa de las instituciones, más medios de comunicación altisonantes, más ayuda de la Embajada de los Estados Unidos y el Departamento de Estado. Chávez eludió el zarpazo. Hay un viejo chiste que dice: “¿Sabe usted por qué no hay golpes de Estado en EE.UU.? Porque no hay embajada norteamericana”. De modo que toda esta cuestión del republicanismo y las instituciones me huele a cinismo por un lado (los que la exigen jamás han sido republicanos y se han encargado de derrocar a las instituciones en numerosos golpes de Estado) y están preparando la atmósfera ideológica para una aventura como la que le hicieron a Chávez en Venezuela. Porque es cierto que Kirchner se ve hegemónico y que hipergobierna y trata mal a ciertas personas. Pero sobre todo a los suyos. ¿Que no hace conferencias de prensa ni reuniones de gabinete? Hay cosas más importantes que exigirle.
Los pocos, muy pocos gobiernos, que le dieron algo al pueblo en este país fueron personalistas y autoritarios. Rosas, en el siglo XIX. Sus enemigos, los cultos y elegantes liberales o unitarios, destilaban tal desdén por las clases bajas que ese desdén no era sólo eso, era más que eso: era odio y era, sobre todo, el aliento de la venganza, la espera de la oportunidad. El pueblo, escribe Mármol en Amalia, llevaba “estampado en su fisonomía el repugnante sello de la insolencia plebeya”. Daniel Bello le dice a Amalia que enfrentará a sus enemigos: “A la fuerza yo opondré la astucia, y trataré de extraviar el instinto de la bestia con la inteligencia del hombre”. Odian a Rosas porque ataca “la nobleza de la República”. Y dicen que el tirano ofende más a las mujeres que a los hombres porque éstas tienen el valor de oponerse a “los enojos del tirano y de la plebe armada e insolentada por él”. Supongo que nadie creerá que defiendo a la Mazorca. (¿Para qué escribe uno tantos libros? Si usted, querido republicano, quiere refutarme, lea, al menos, La sangre derramada y verá qué opino de la Mazorca. Pero aquí se lo juzga a uno por una frase suelta en un coloquio, arrancada de su contexto y no por su obra. O por un copete que aparece en un semanario.)
Rosas defendió a los negros, a los gauchos y a los indios. Deterioró las instituciones y los unitarios tuvieron que exiliarse. Mármol y Sarmiento escriben las frases más racistas de la historia argentina. La cuestión es compleja: uno no puede estar con Rosas, pero les dio de comer a las clases bajas (al popolo minuto) y les permitió “ensoberbecerse”, frase de Mármol. Es decir, les permitió sentirse “iguales” a los dueños de la tierra y de la patria.
Perón, muy parecido: con un esquema autoritario, verticalista, agresivo. Con una mujer que destilaba rencor y amaba a los “grasitas”, le dio al pueblo lo que nunca había tenido y lo que nunca jamás habría de tener. Una de sus estadísticas injuria como pocas el espíritu de la República: nunca fue tan alta la distribución del ingreso en favor de los pobres. Es cierto, debilitó las instituciones. Pareciera que para tocar los intereses de los poderosos y hacerles largar algo de su opulencia para el lado del barro, donde los miserables viven, hay que tocar sus intereses, molestarlos, aunque sea, un poco. Nunca mucho. Porque nadie, en esta tierra se atrevió a agredirlos seriamente, ni Rosas ni Perón. También Mariano Moreno tenía escasa consideración por las instituciones y la República. Gobernó con un Ejecutivo fuerte y estrecho. Lean, si no lo han leído, su Plan de operaciones. Quería embargar las grandes fortunas. Poner al Estado en el centro de la Economía. Hacer la guerra a quienes se opusieran a su jacobinismo sin burguesía revolucionaria. Su Ejecutivo restringido lo llevó a no contar con un poder de masas y terminó sirviendo a Buenos Aires. No lo envenenaron. Era amigo de Inglaterra y Saavedra no tenía coraje ni imaginación como para complicarse con semejante acto.
Como vemos, hasta ahora, los gobiernos que le dieron algo al bajo pueblo fueron autoritarios. Y los que no le dieron nada, también. Y peor. Mató más la “Libertadora” que Perón. Mató más Urquiza y los asesinos de la “guerra de policía” de Mitre (inspirada por las acciones del Mariscal Bougeaud en Argelia), Ambosio Sandes, Wenceslao Paunero y el mayor Irrazábal, que Rosas. Mató más Roca (que, él sí, fue nuestro Bougeaud) que la Mazorca. Pero la Mazorca mataba niños bien; Roca, indios levantiscos. No es lo mismo para la salud de la República.
No soporto vivir en un país ni en un mundo con hambre. Y somos muchos. En Africa Central la desnutrición es pavorosa, total. Hay fotos de niños que son apenas piel y huesos. Según Unicef un 55 por ciento de las muertes de niños es por desnutrición. He visto –como fácilmente se puede ver– fotos de niños revolviendo basurales en busca de restos de comida y, volando sobre ellos, a la espera, cuervos, ya que para esos cuervos la basura son esos niños. En EE.UU. miles, miles y miles de niños y jóvenes mueren por consumo de drogas. Giuliani limpió Nueva York metiendo el crack entre los negros y los “indeseables”. Arrasó con ellos. EE.UU. es el mayor consumidor de drogas y cocaína. EE.UU. es un país autoritario, paranoico, vigila a su población como la peor de las dictaduras. Se acabó la novela rosa de la “gran democracia del norte”. Y aquí, en nuestro país, el panorama es también desolador. Torres opulentas para los ricos, desamparo y hambre para los pobres. ¿Qué espera K? ¿Qué espera el Congreso? ¿Qué esperamos todos? El “gradualismo” no sirve para paliar el hambre, porque el hambre es hoy, es ahora. Es hoy que se mueren los chicos. O que se drogan. O que salen a matar por dos pesos y terminan muertos por la cana, que los odia por la cara que tienen, porque son negritos, o bolitas, o paraguas, esos nombres de la indefensión y de la xenofobia. El Gobierno tiene que tocar intereses. Y si para tocar intereses y alimentar a los hambrientos tiene que endurecerse, el costo lo vale. Eso quise decir en ese coloquio. Acaso esté equivocado. Pero si esa equivocación sirve para salvar la vida de un pibe, o sacar a una niña de la prostitución, que es escandalosa (averigüen, si todavía no lo han hecho, las cifras de la prostitución infantil en América latina y me van a entender mejor, averiguen las cifras de la prostitución infantil en el conurbano), prefiero equivocarme. Primero, el hambre; después (o al mismo tiempo), la República. Pero una República con hambre es una farsa. O lo de siempre: una República para los ricos, y un territorio cenagoso para los subalternos, una tierra turbia y escasa, que alimenta el odio, el hartazgo. Y, para colmo, como en Francia, ha ganado en Buenos Aires la derecha que privilegia la seguridad de los pudientes por sobre el hambre de la negritud, a la que mira con resquemor porque ve en ella más al delincuente que al ciudadano. Cuidado: puede ocurrir que el pueblo bajo no aguante más. Que inunde la centralidad opulenta. Que, ustedes, que aman la república sin equidad, tengan que matar, transformarse en bárbaros más bárbaros que los bárbaros. Porque al hambre se lo colma o se lo fusila. Y si lo fusilan van a tener que volver a sus casas y decirles a sus hijos, que preguntarán, que ahora, además de ser sus padres, además de ser republicanos y velar por las instituciones, son asesinos.
martes, 20 de marzo de 2007
Una multipolaridad nuclear preapocalíptica
Por José Pablo Feinmann
El título que acaban de leer lo puse porque creo que es real. Que lo que dice está pasando. También lo puse pensando en el recientemente ido de este mundo Jean Baudrillard, que solía visitarnos y todos lo iban a escuchar y el hombre decía genialidades como “la guerra del Golfo no ha tenido lugar”, una banalidad basada –más o menos– en que no la habíamos visto por televisión. Hace poco, leyendo sus necrológicas, todas muy informadas, me enteré de que había dicho, sobre el asunto de las Torres Gemelas, que ése, el de las Torres, había sido “un evento absoluto” y otra vez todo el mundo se pone a decir eso: “evento” absoluto. “Evento” es una palabra que inventó Heidegger y la copiaron (usando sobre todo su sinónimo “acontecimiento”) Foucault, Deleuze, Badiou y, por supuesto, Baudrillard. La cuestión me puso pensativo. Me pregunté: ¿y si invento alguna fórmula, algún verso baudrillardiano sobre el caos que es hoy la historia? Y ya está: inventé el título de esta nota. Es un poco largo. O no tanto: la frase del francés sobre la guerra del Golfo lo que se dice “corta” no es. Por ahí, me dije, paso a la historia como Baudrillard. Y en mis necrológicas –o, al menos, en una, porque una, supongo, habrá– se dice: “Había definido la temporalidad histórica de la primera década del siglo XXI” (y aquí viene) “como ‘una multipolaridad nuclear preapocalíptica’”. Y, ahí, desde algún lugar del Cielo o del Infierno, sonrío y le digo a Baudrillard: “¿Viste? Y eso que nunca fui francés”.
Alguien dirá: ¿éste pone ese título espantoso y encima se lo toma en broma? (También puede decirse “en joda”, que da TVVómito.) ¿Y cómo quieren que se tome la vida alguien que cree, en serio, eso: que vivimos una “multipolaridad nuclear preapocalíptica”? Miren: Irán ya es la novena potencia nuclear. Al frente de Irán está su líder, Mahmoud Ahmadinejad, que, es cierto, tiene un nombre difícil y, en una nota reciente, la escritora Alicia Dujovne Ortiz se quejó de esa circunstancia, de ese nombre del líder iraní, que para ella, dijo, era impronunciable, algo que me pareció un poco racista, dado que para un iraní no ha de ser difícil decir “Ahmadinejad” y debe ser imposible decir “Dujovne Ortiz”. El líder iraní, decía, no parece muy confiable. Puede tener el nombre que quiera, uno no va a quejarse por eso, pero hacer un simposio o congreso para demostrar que el Holocausto “no ha tenido lugar”, algo que ni Baudrillard se animó a decir, me parece una perrada, tiene como un tufillo nazi que lo lleva a uno a pensar que el hombre ha de amar los extremos, la ultraderecha, por ejemplo, o la ultraizquierda, se me ocurre, pero muy cuerdo no está, y si no está muy cuerdo es peligroso que esté al frente de una potencia nuclear, tal como está otro que, para mayor horror de la historia que vivimos, está más loco que él, que Ahmadinejad, y se llama, adivinaron, George Bush, que está terriblemente preocupado por los chinos, como todo el Occidente capitalista. Aquí, usted como yo, se preguntará: ¿no debieran estar contentos? ¿No acaba China de reconocer, por ley del Estado, la propiedad privada? ¿Saben ustedes qué decía Hegel de la propiedad privada? Decía: “Es la expresión objetiva de la libertad subjetiva”. O sea, que uno, por más que sea libre “subjetivamente”, si no tiene una casa, un auto, un perro, una cortadora de césped y un revólver para cuidar todo eso no es “objetivamente libre”. Vean si no será importante lo que acaban de hacer los chinos: le dieron la libertad “objetiva” a su pueblo. Sin embargo, Occidente está preocupado. Ni siquiera salió una nota de Vargas Llosa festejando la medida, diciendo que los chinos no practican el “idiotismo” latinoamericano. Les tienen miedo a los chinos. Dieron, se dice, otro paso hacia la “economía de mercado”, que, quién no lo sabe, es la panacea, el bálsamo de este sufriente universo. Pero, igual, no hay caso: les tienen miedo a los chinos. Occidente, digo. Todo Occidente. Salió a decirlo Donald Rumsfeld, el zorro de Irak. Que los chinos crecen militarmente en la modalidad del exceso. No dijo que en esa modalidad sólo puede crecer Estados Unidos, pero para qué iba a decirlo si todo el mundo lo sabe y lo acepta. Lo acepta pero lo imita. De donde nos acercamos a mi título espectacular: están todos armándose nuclearmente. Los chinos declararon que su presupuesto militar es de 40.000 millones de dólares. Pero los expertos de Bush le deterioraron, con esta noticia, dos hoyos de un partido de tenis: “Es mentira –le dijeron–. Es de 100.000 millones. Y ya tienen un Programa Espacial”. Bush llamó a Blair, quien lo consoló con su habitual, encantadora sonrisa: “No te preocupes, Georgie. ¿Qué te pareció Hellen Mirren haciendo de reina nuestra? ¿No está adorable?” Bush lo llamó en seguida a Chirac. Le dijo que Occidente corre peligro. Y Chirac, calmándolo le dijo: “Por supuesto”. Y para peor: “Que Irán aparezca como novena potencia nuclear va a provocar un cataclismo en la región. Y en todo el mundo también. En la comunidad internacional. Imaginate: inseguridad, desconfianza, sobresalto, puntos de vista enfrentados, políticas antagónicas”. Bush entra en pánico. Aquí nos detenemos. Es necesario aclarar algo: la historia es la historia, uno juzga los grandes acontecimientos. Pero cuando la historia se encarna en individualidades como la de George Bush uno debe pensar también en esos individuos y no sólo en los “eventos absolutos”, como Baudrillard. Ergo, digo: cuando George Bush entra en pánico no se toma los cuatro Rivotril de 2 mg que le recomendó su médico: misilea un país o lo invade y ordena torturar a los cretinos que lo habitan. Por tanto, le responde a Chirac: “¡Hay que invadir Irán!” “No –le responde Chirac, que tiene unos modales de lo más civilizados–, vea, no se puede invadir Irán”. Bush exhibe su rapidez de reflejos. Dice: “¡Un ataque nuclear terminal entonces!” “No –insiste Chirac–, eso descalabraría toda la región del Islam y los uniría, los conglomeraría, se adherirían unos con otros y todos contra nosotros”. Bush le cree y siente que así Occidente no puede vivir. Le informan, para colmo, que Putin está furioso desde que sabe que él, Bush, piensa instalar escudos antimisiles en la República Checa y Polonia, “que eran nuestras –-habría dicho–, y volverán a serlo”. Bush se toma los cuatro Rivotril y se va a dormir no bien le informan que hay novedades desde Venezuela.
Chávez es, para los norteamericanos y, claro, para Bush, a quienes los norteamericanos votaron para su segunda presidencia, y a quien, parece, sólo en Hollywood odian, una pesadilla indefinible. No podía ser de otro modo: Chávez es indefinible. Hay una foto en que se cuadra frente a Kirchner y le hace la venia bien a lo milico, que uno tiene que mirarla tres o cuatro veces para creerla. Kirchner, además, le hace un gesto paternal con su brazo derecho y le pone una sonrisa del tipo “dale, loquito, vení, que en la Argentina los tipos que hacen la venia nos costaron demasiado”. Chávez vuelve loco a Bush y a la comunidad internacional y al entero Occidente.
Qué hacemos con este hombre, se preguntan. Le hicimos un golpe basado en el deterioro de las instituciones y con gran apoyo de los grandes diarios y el hombre se salvó. Esperemos que en Argentina nos salga mejor, pero con Chávez hay que inventar algo distinto. Mientras tanto lo aguantan. Tiene petróleo. Le da un montón a Bush. Y todavía, parece, no se armó nuclearmente. Pero... lo recibió a Ahmadinejad. ¿Se dan cuenta?, clama Occidente. Chávez lo recibe a Ahmadinejad, Ahmadinejad le da armas nucleares, Putin (Rusia, entre el 2007 y el 2015, destinará 190.000 millones de dólares para armas nucleares y de todo tipo) lo apoya porque quiere otra “crisis de los misiles” y ganarla, ganar desde Venezuela la guerra que Nikita Kruschev, ese torpe, no supo ganar desde Cuba, y Occidente se encuentra con un caos nuclear desatado desde América latina, donde, por ahora, no estaba el ojo del huracán. Si ocurre eso, si el conflicto nuclear sorpresivamente se transforma en una nueva “crisis de los misiles” con centro en Venezuela, ¿qué hará Irán con sus misiles sobrantes? ¿Los arrojará sobre Israel? ¿Qué hará Israel? ¿Arrojará todo su arsenal nuclear sobre Irán? ¿Qué hará Rusia, ese adversario vencido, abatido bajo las piedras del Muro, que ahora busca venganza, que odia la sonrisa de “perfecto idiota neoliberal” que exhibe Andrés Oppenheimer? ¿Qué hará China? ¿O no saben que China puede, entre otras terribles cosas, desplegar una red de microsatélites dotados de rayos láser, capaces de neutralizar los satélites norteamericanos e inmovilizar a las fuerzas de tierra, de aire y de mar de América, que, como todos sabemos, quiere decir “Estados Unidos”? Y por último, ¿qué haremos nosotros? Qué hará usted.
